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sábado, mayo 16, 2009

Sueño de una noche de invierno

Soñé que dormía en la calle. No en cualquier lado: dormía en una cama, con sábanas, frazadas y cubrecamas, puesta justo en frente del almacén donde compramos los víveres para la familia, casi sobre la vereda.
Me depierto en esa cama y lo primero que veo es a Amélie de cuclillas al lado mío, mirándome. Como es lógico (aunque casi nada lo es en los sueños, pero esto en particular lo fue), me sorprendo muchísimo: ¿qué haría ella en mi barrio?
Vestía un pantalón militar camuflado azul y negro apretado en el tobillo, botitas converse, una remera blanca y un saco-sobretodo negro, que se abría para afuera en la cintura y se mantenía cerrado por un solo botón. Independientemente del tono oscuro de su ropa, brillaba. Su pelo y sus ojos son naturalmente luminosos, pero en esta ocasión resplandecía como si sobre ella, y únicamente sobre ella, cayera una luz divina.
Cuando me vio despierto, me saludó con una suave voz y empezó a preguntarme por pintores: si Gaugin era impresionista, en qué siglo había nacido Van Gogh, a qué hora le gustaba pintar a Dalí... Yo sabía solamente un par de cosas sobre Salvador, asique le contesté gustoso las preguntas sobre él, y le dije que si quería saber más tendría que preguntarle a José.
Milagrosamente, José se materializó en la esquina y Amélie corrió a su encuentro.
Viendo que nadie me observaba, salté de la cama para vestirme, entonces me di cuenta de que ya estaba vestido. Llevaba un short, una camiseta de fútbol y un par de alpargatas. Me puse un buzo y la cama desapareció.

Sonó el celular, Santiago quería mi carnet para entrar a la cancha. Una lástima, me habría gustado seguir soñando, para ver qué pasaba.

viernes, septiembre 05, 2008

Son tiempos difíciles para los soñadores

A Guille le gusta sacar la cabeza por la ventanilla y sentir el viento en la cara, apoyar un solo dedo sobre las paredes rugosas mientras avanza por la calle a paso firme y hacer encastrar perfectamente distintos elementos, con más ganas si éstos generan un sonido que indique su encastre perfecto, como un click. Por el contrario, no le gusta cantar el feliz cumpleaños, mucho menos más de una vez, porque le da vergüenza ajena; y si se lo cantan a él prefiere tener un bebé o niño para que lo ayude a soplar y así soportar mejor el peso de las miradas. Tampoco le gusta que las cosas sobre una mesa estén en sentido oblicuo, y lo pone muy nervioso ver los cajones a medio abrir o medio cerrar.
Guille disfruta observando la vida de los animales con pasmosa paciencia, yendo al cine solo y tirándose en el piso a mirar el cielo o el techo. Le gusta también caminar, aunque se pone de mal humor si pisa una baldosa floja, como cualquiera.
A Guille le encanta ayudar a los demás aunque sean desconocidos, pero le cuesta mucho encontrar la manera correcta de ayudar a los que más quiere. Constantemente lucha por hacer sentir bien a los otros y hacerse sentir bien a sí mismo. Cuando estas dos situaciones son incompatibles, siempre decanta para un lado distinto, y frecuentemente resulta ser el más problemático. Pero aún así, sigue intentando que todos queden contentos, cosechando frustraciones y alegrías, porque está convencido de que lo mejor que se puede hacer con esta vida, es vivirla.