¿Qué diría la gente, recortada y vacía, si un día fortuito, por ultra fantasía, me tiñera el cabello de plateado y violeta, usara pelo griego, cambiara la peineta por cintillo de flores: miosotis o jazmines, cantara por las calles al compás de violines, o dijera mi verso recorriendo las plazas libertado mi gusto de mortales mordazas?
¿Irían a mirarme temblando en las aceras? ¿Me quemarían como quemaron hechiceras? ¿Rogarían en coro, escuchando la misa? En verdad que pensarlo me da un poco de risa.
Soñé que dormía en la calle. No en cualquier lado: dormía en una cama, con sábanas, frazadas y cubrecamas, puesta justo en frente del almacén donde compramos los víveres para la familia, casi sobre la vereda. Me depierto en esa cama y lo primero que veo es a Amélie de cuclillas al lado mío, mirándome. Como es lógico (aunque casi nada lo es en los sueños, pero esto en particular lo fue), me sorprendo muchísimo: ¿qué haría ella en mi barrio? Vestía un pantalón militar camuflado azul y negro apretado en el tobillo, botitas converse, una remera blanca y un saco-sobretodo negro, que se abría para afuera en la cintura y se mantenía cerrado por un solo botón. Independientemente del tono oscuro de su ropa, brillaba. Su pelo y sus ojos son naturalmente luminosos, pero en esta ocasión resplandecía como si sobre ella, y únicamente sobre ella, cayera una luz divina. Cuando me vio despierto, me saludó con una suave voz y empezó a preguntarme por pintores: si Gaugin era impresionista, en qué siglo había nacido Van Gogh, a qué hora le gustaba pintar a Dalí... Yo sabía solamente un par de cosas sobre Salvador, asique le contesté gustoso las preguntas sobre él, y le dije que si quería saber más tendría que preguntarle a José. Milagrosamente, José se materializó en la esquina y Amélie corrió a su encuentro. Viendo que nadie me observaba, salté de la cama para vestirme, entonces me di cuenta de que ya estaba vestido. Llevaba un short, una camiseta de fútbol y un par de alpargatas. Me puse un buzo y la cama desapareció.
Sonó el celular, Santiago quería mi carnet para entrar a la cancha. Una lástima, me habría gustado seguir soñando, para ver qué pasaba.
Los Hombres sensibles de Flores tienen decidido que solo los sueños y los recuerdos son verdaderos, ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el presente y la realidad.
Hoy quedó demostrado que para encontrarse (o no), hay que salir al sol.
Es mi cumpleaños. Soñé que trabajaba de rehén, en las prácticas de la policía. Sí, me pagaban por eso, rarísimo. Sospecho que soy rehén de mis propios sentimientos.
HOY
Soñé que todo lo que funciona mal en mi vida, espontáneamente funcionaba bien.
AYER
Vi una mujer hermosa en mi curso y me sorprendí cuando dijo que tenía 23 años, y un hijo. Volví a sorprenderme cuando caí en la cuenta de que eso no me parecía algo malo, sino que, por el contrario, le sumaba puntos. A veces mi inconsciente me asusta.
Pueden verlo o leerlo. Este blog da libertad de opción, ustedes tienen el poder. De cualquier modo, un servidor recomienda tomarse cinco minutos para verlo y escucharlo, es mucho más lindo, y llega mucho más, si se le presta atención.
Vaya uno a saber cómo será el mundo más allá del año 2000. Tenemos una única certeza: si todavía estamos ahí, para entonces ya seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio.
Sin embargo, aunque no podemos adivinar el mundo que será,
bien podemos imaginar el que queremos que sea. El derecho de soñar no figura entre los treinta derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él, y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed.
Deliremos, pues, por un ratito. El mundo, que está patas arriba, se pondrá sobre sus pies:
El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas.
La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar.
En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a hacer el servicio militar, sino los que quieran hacerlo.
Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.
Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.
Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos.
Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.
El mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra por siempre jamás.
Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión.
Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle.
Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos.
La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla.
La policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla.
La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.
Una mujer, negra, será presidente de Brasil y otra mujer, negra, será presidente de los Estados Unidos de América. Una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú.
En Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.
La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas de las piedras de Moisés. El sexto mandamiento ordenará: "Festejarás el cuerpo". El noveno, que desconfía del deseo, lo declarará sagrado.
La Iglesia también dictará un undécimo mandamiento, que se le había olvidado al Señor: "Amarás a la naturaleza, de la que formas parte".
Todos los penitentes serán celebrantes, y no habrá noche que no sea vivida como si fuera la última, ni día que no sea vivido como si fuera el primero.
Como siempre, nobleza obliga. Si no fuera por Eri, no lo habría conocido. Tal vez sí en otro momento, pero no ahora. Asique, gracias.