Mostrando las entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas

miércoles, julio 29, 2009

El derecho a la alegría

Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropien las cuevas de Alí Babá... Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.

El país gris, el país triste, habla un lenguaje calandraca. Es el lenguaje de la impotencia nacional, típico de los tiempos de desaliento que han seguido a los años del terror. Estamos todos aburridos de escuchar consignas y discursos que masturban a los muertos. La energía creadora se desarrolla haciendo, y haciendo juntos. La militancia juvenil no languidece por falta de ganas, sino por falta de acción. ¿Hasta cuándo vamos a seguir ofreciendo tristeza a los tristes? ¿Hasta cuándo vamos a seguir vendiendo arena en el desierto?

Eduardo Galeano

sábado, mayo 23, 2009

Catarsis nocturna

No me dejaron entrar a dos (no a uno, a dos) pooles, por tener alpargatas.
Hacía calor, estuve toda la tarde en short y alpargatas. Para salir a la noche me puse un bermudas de jean y una remera decente. Aún así, no me dejaron entrar.
Es increíble, no sé qué problema tiene esta sociedad con la imagen. Necesitamos una revolución cultural lo antes posible.

Por cierto, los barcitos de 17 y 71 tienen toda la onda que el resto de la ciudad no tiene, salven ellos. Ahí sí me dejaron entrar y hubo fiesta.

Salud.

lunes, abril 13, 2009

Maquinaciones individuales

Estaba sentado en la plaza San Martín, en mi banco favorito, leyendo el diario.
Tenía las piernas apoyadas en Rosita, de vez en cuando veía la gente pasar, de vez en cuando miraba el cielo, de vez en cuando cambiaba y leía un libro, o una fotocopia, para no agobiarme siempre con la misma lectura.
Es increíble lo mucho que me divierte hacer lindas introducciones, aunque lo que vaya a escribir sea una basura interespacial y, en ocasiones, sea incluso menos elaborado que el mismísimo prefacio.
De repente oigo a mis espaldas una grave vociferación, que inmediatamente me hace pensar en una disputa. Sin embargo, no hay réplica alguna. Su interlocutor/a estará apenado/a y no querrá contestar, pensará el azuzado lector, de la misma manera que lo pensé yo. Pues no, bastó que girara la cabeza lo suficiente como para ver de reojo que el vociferador mantenía una acalorada conversación con alguien, pero a través del celular.
Ahora, qué tiene esto de interesante? Acá viene lo bueno. El hombre, alto, rubio y bien vestido, le reclamaba a una mujer (o a un hombre, vaya uno a saber) que no lo llamara ni le mandara más mensajes. La frase cabecera, siempre hay una, era "no quiero estar tranquilo en mi casa y que me llegue un mensaje tuyo". Le requería, además, que se alejara de su vida, que no le importaban los nueve años, ahora solo quería dedicarse a su hijo y, claro está, a su mujer.
Delicias de la vida cotidiana, decía un genio.
Basta sentarse una hora en un lugar público para entrar en contacto con lo más fantástico de nuestra sociedad, es decir, su desarrollo.
Llámenme entrometido si quieren, pero no creí que estuviera mal escuchar. Al fin y al cabo, yo estaba ahí sentado antes que él, no me iba a ir porque se pusiera a gritar, y mi concentración en la lectura ya estaba rota. Tampoco iba a intervenir, está claro, soy curioso pero discreto.
Lo mejor de todo, es imaginarse la situación, conociendo apenas unos pocos detalles. Cómo será la mujer? Qué trabajo tendrá él? Dónde vivirá?
Mi teoría, siempre tengo una, es que su mujer quedó embarazada. El blondo caballero estuvo manteniendo relaciones paralelas con otra persona, pero al dejar a su esposa encinta decidió cortar por lo sano y dedicarse enteramente a su vida familiar. Me conmueve de solo pensarlo, no puedo verlo a él como el victimario, aunque tampoco pretendo llevarlo al puesto de mártir.
Mi imaginación se activa de manera similar cuando veo agua saliendo por debajo de una puerta, sin ver a la persona que la impulsa, pero ya hablaré al respecto. Por lo pronto, me quedo con esta maravillosa muestra de fidelidad, o infidelidad, no estoy seguro.
Queda demostrado que para encontrarse con la vida, hay que salir al sol.