Cuando uno es chico (no sé si se acuerdan, pero lo fueron), siempre que hay una fiesta ve a los mayores charlando solemnemente entre ellos de cosas que ni entendemos ni nos interesan. Ellos hablan raro, nos da intriga, pero no tanta como para dejar de jugar. Ahí queda la cuestión.
A medida que crecemos, se nos va dando la posibilidad de meternos a sus charlas, inicialmente a través de preguntas integradoras del tipo "Cómo te está yendo en la escuela?", y luego conversando más abiertamente de distintos temas.
Yo, personalmente, sentí que los adultos me aceptaban para que charlara con ellos de igual a igual una noche que salí con mi vieja, su pareja y mi tío. Fuimos a tomar algo a un bar para mayores, me dejaron tomar lo que quisiera y hablamos como personas maduras, de literatura, arte, sociedad, vida, muerte y amores, entre otras cosas. Fue una experiencia maravillosa, me infló el pecho como pocas otras cosas. Yo era como ellos, éramos iguales desde el punto de vista que charlábamos de los mismo, sin ningún tipo de limitación para conmigo.
Ahora que soy mayor de edad y me considero mayor de cabeza, me he dado a la conversación con todo gusto. Charlo de cualquier cosa con cualquiera, como cualquiera, digamos.
Hace unos días fue el cumpleaños de mi vecina, y decidí ir con la camiseta y una pelota bajo el brazo, porque se hacía en un campo y son gente jóven (20-40), lo que significa que había muchas posibilidades de picadito. Siendo chico, siempre vi de lejos a los hombres hablando mientras hacen el asado, pero esta vez fue diferente. Un ratito después de comer, y un poco antes de que convenciera a todos de jugar y se armara un maravilloso 6 contra 6, me paré al lado de la parrilla con mi vaso de coca-cola y la camiseta de mi equipo brillando al sol. Tal como yo esperaba, no tardaron en surgir los comentarios sobre mi casaca y el estado del club, situación que me dio pie para entrar en la charla. Mi decepción llegó cuando, luego de un rato hablando, seguían dando vueltas en los mismos temas. Fútbol, dinero y sexo. Uno de los tipos, divorciado, contaba todos los viajes que hizo con sus amigos, donde fue a muchos casinos y muchos bulos. Me quedé sorprendido, esos hombres tan solemnes en realidad no son más que unos viejos boludos que hablan boludeces. No, no piensan en cambiar el mundo ni debaten sobre la industria, sus beneficios y su impacto ambiental, ni siquiera discuten la manera de hacer el asado.
Al final, Natita tiene razón. Vamos a tener que hacer algo por mejorar esta masculinidad en degradé muchachos...
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miércoles, junio 25, 2008
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